Les Grands Voisins

El artista frente a lo inacabado

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I — La materia y la forma

Antes de la obra, está la materia.
Para el escultor, está la madera, la piedra, el mármol.
Para el pintor, el lienzo.
Para el escritor, la página en blanco.
Para el músico, quizá el silencio.
Y para quien decide, sea republicano o real, está esa piedra bruta que se le confía simbólicamente.

Cuando la descubrimos, es irregular, imperfecta, cubierta de asperezas.
Comprendemos rápidamente lo que se espera de nosotros: trabajar.
Pero ¿qué significa realmente trabajar la propia piedra?
¿Es suprimir nuestros defectos?
¿Corregir nuestros comportamientos?
¿Adquirir conocimientos?
¿Aprender a escuchar mejor?
¿A comprender mejor al otro?
¿A comprendernos a nosotros mismos?
Sin duda, un poco de todo ello.

Pero cuanto más reflexiono, más aparece una contradicción.
Si el objetivo fuera realmente alcanzar la perfección, debería existir un momento en que nuestro trabajo estuviera terminado.

Un instante en que pudiéramos mirar nuestra piedra y declarar:
«Ya está. Está acabada. Ya no tengo nada más que aprender sobre mí mismo».

Esa sola frase parece absurda.
Porque quien piensa que ya no tiene nada que aprender quizá acaba de revelar precisamente una de las mayores asperezas de su piedra.
Así, el trabajo iniciático contiene desde su origen una extraña contradicción:
debemos tender hacia una realización que, sin embargo, sabemos imposible de completar del todo.

El artista conoce exactamente esta tensión.
Busca una forma perfecta sabiendo que esa perfección siempre se le escapará.
Y quizá sea precisamente esa distancia entre lo que imagina y lo que logra realizar lo que alimenta su deseo de continuar.

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